Astrología práctica: el retorno lunar mensual

Ene 19, 2024 | Enfoque Corporal, Astrología, Prácticas cíclicas

¿Con qué práctica íntima comenzar a ciclar?

 

El cultivo simbólico

A medida que lubricamos en la boca las palabras, crece nuestra intimidad con el lenguaje. El movimiento de nuestra lengua va anclando vías de participación, de expresión y de conexión con nuestro ecosistema: puentes adentro-afuera, afuera-adentro, puentes heredados y, a la vez, en continua renovación. Así ocurre no solo con las lenguas nativas sino, también, con la Astrología, pues solo en su cultivo diario nos abrimos a la plasticidad, la profundidad y la sensibilidad que la lengua de las estrellas ofrenda a quien la camina.

A lo largo de este artículo sentaremos las bases de una de las prácticas que considero más sencillas y accesibles a la hora de comprometernos con esta suerte de cultivo simbólico. Ahondaremos, específicamente, en el proceso de atestiguar el contacto mensual de la Luna en tránsito sobre nuestra Luna natal o, dicho de otra manera, el para qué volvernos testigxs de nuestro retorno lunar mensual.

 

La relación directa en la práctica astrológica

Experimentar la Astrología como lenguaje vivo pasa por el cuidado de la relación directa, es decir, por reconocer el espíritu que anima lo que se mueve, y nuestra habilidad natural para entablar un diálogo con ello. Podemos decir espíritu, dinámica o Misterio, no importa la palabra que usemos con tal de que nos permita caer a la experiencia de que el lenguaje simbólico responde a un ecosistema en movimiento e ininterrumpida transformación del que formamos parte inextricable… A un organismo colosal que, al atestiguarlo, nos atestigua y que, al escucharlo, también nos abre su Gran Oído.

Desde otra perspectiva, podríamos decir que el cultivo del lenguaje simbólico no solo consiste en el perfeccionamiento de una herramienta y en la producción continua de significado sino, también, en una entrega a ser atravesadxs por las fuerzas que subyacen al símbolo, que lo organizan, le otorgan su aliento y su dinámica: una entrega consentida, una participación cotidiana y, también, una práctica corporal.

Alimentar la relación directa suaviza la escisión entre cuerpo y mente, femenino y masculino, magia y materia, intuición y conocimiento, comprensión y experiencia, tan propias de las narrativas lineales, miopes y depredadoras sobre las que nos hemos construido, y nos ayuda a restaurar otras narrativas más antiguas, ecológicas, integrativas y afines a una interacción saludable con el ciclo Vida – Muerte – Vida.

Cada gesto que encuerpamos y cada palabra que saboreamos en nuestra lengua nos aglutina al organismo cósmico o nos restringe el acceso a su matriz, negando cualquier sentido de pertenencia.

De alguna manera, hablar de relación directa es aceptar – o recordar – que parte de nuestra participación en la dinámica cósmica pasa por la espontánea generación de significado y sentido. Lo que sentimos y nos afecta es susceptible de ser significado. Lo que significa constituye sentido. El sentido nos orienta, nos provee de ubicación, de dirección, y ancla la sensación de pertenencia. La sensación de pertenencia nos relaja. En tanto nos relaja, podemos decir que el sentido que nace del cultivo de la relación directa con el organismo universal nos sensibiliza o, expresado de forma poética, cuanto más cedemos voluntariamente a la Tierra y a la dinámica planetaria que también somos, más nos erguimos, disponibles para transportar a través de nuestro cuerpo al cuerpo de la Tierra en una dinámica donde el automatismo se transforma en pleno consentimiento, en apertura y en participación creadora.

Es decir, que cuanto más nos sentimos pertenecer al ecosistema planetario, cuanto más confortables, cómodxs, afines a nuestra naturaleza mutable, familiarizadxs con el espíritu que nos respira, firmes en nuestras raíces y ajenxs a un estado de alarma y supervivencia; más se intensifica la sensación de apertura y disponibilidad creativa, más nos abrimos – consentimos y participamos – a la permuta.

La pertenencia nos abre a la vía del consentimiento,
voluntarioso sí a la incesante combustión de lo que somos.
Sí a cruzar el puente iniciático de la imagen identitaria
hacia la experiencia solar,
del agarre de lo conocido al misterio de la irradiancia,
del automatismo regresivo a la apertura,
de la memoria a la fuente, de la repetición al milagro.

 

¿Qué implica, a efectos prácticos, nutrir la relación directa?

Cultivamos la relación directa cuando nos volvemos testigxs de lo que nos atraviesa, y cuando la producción de significado surge espontáneamente de la sensación sentida, es decir, de nuestra apertura a registrar lo que está disponible a tiempo real, y a dejarnos transformar y revelar por ello.

En este cultivo nuestra atención viaja hacia nuestra naturaleza interactiva y hacia los patrones dinámicos que nos constituyen, mismos patrones que orquestan la sinfonía planetaria: ¿qué está presente ahora? ¿Qué siento? ¿Qué registro somáticamente ante la activación por tránsito de ciertos núcleos de mi código natal? ¿Qué me ocurre cuando me presento sistemáticamente al amanecer ante Venus en su fase como Lucero del Alba? ¿Qué cambia en mí cuando me sincronizo con ciclos planetarios concretos, como quien afina su diálogo con las estaciones, los cambios de temperatura y luminosidad?

Lo contrario a esta práctica sencilla (y profundamente alquímica) de atestiguar lo que hay, lo que está verdaderamente presente para cada unx cuando nos abrimos a la participación, sería reproducir discursos ajenos, sesgados, sin peso experiencial que los singularice y los haga parte de nuestro pulso íntimo. Entran también acá la erudición sin registro somático, la creencia desarraigada, el escepticismo como mecanismo de protección ante lo que podría transformarnos, los cuentos que nos contamos para justificarnos, la exclusión y segmentación de dimensiones tan puramente humanas como los sueños o la sabiduría intuitiva…

Tal vez del otro lado de la relación directa esté el miedo a que la referencia que nos estabilice sea un proceso dinámico y no una suerte de búnker ideológico y perceptivo que nos mantenga a salvo de eso que Es, y nos resulta ajeno, otro, prescindible o, incluso, amenazante.

¿Quién desea hacerse cargo de lo que le atraviesa tal cual se presenta?
¿Quién quiere asumir las implicaciones de abrirse maduramente al viaje de la vida?
¿Quién está dispuestx a reconocerse en un continuo atravesamiento?

Si algo en lo más íntimo de nuestro haber dice «yo», tal vez sea el momento de sentar las bases de una propuesta muy sencilla de ciclaje a tiempo real. Se trata de una repetición consentida que nos permita ampliar nuestro registro perceptivo, profundizar en la expresión de la función lunar en nuestro propio soma y lubricar la vía de la relación directa.

 

Luna a través

La función lunar, que es la que hoy nos compete, tanto crea nido como detona mecanismos regresivos compensatorios del nido. En la experiencia lunar se contraponen, entonces, el nido real y el nido de la memoria.

Con el nido real me refiero a la sensación de seguridad y comodidad posible en cada momento, acorde a nuestra situación presente y a los recursos disponibles, mientras que con el nido de la memoria señalo nuestra tendencia regresiva a deshabitar el presente y perder el contacto con nuestros recursos y anclajes del momento. El primero se sostiene en una dinámica creativa, de permuta (intercambio) y gestión de la frustración o desfase entre nuestras necesidades primarias y la experiencia de la realidad contextual; el segundo, sin embargo, se enraíza en nuestros mecanismos neuróticos, que inhiben nuestra capacidad de adaptación y transformación.

Tratando de sintetizar lo anterior, podríamos decir que la Luna simboliza, entre otras muchas cosas, nuestra capacidad para reconocer nuestras necesidades, tener registro de nuestro cuerpo emocional / somático y hacer algo con ello – hacer lo posible -. Llamo a esta la Luna «madurada» o función materna, que opera en alianza íntima con la función paterna, afín a Saturno. Y, como veíamos antes, la Luna también es significadora de los mecanismos que, biográficamente, con arraigo en la memoria, se detonan inconscientemente para proveernos de una sensación de seguridad y comodidad en situaciones gatilladoras. Estas detonaciones restringen nuestra capacidad de permuta, el acceso creativo a los recursos disponibles y el espacio interno que nos permite ser partícipes de nuestro destino.

Hilvanando las dos caras de la función lunar con la primera parte del artículo, podríamos decir que mientras la Luna en su cara regresiva perpetúa el automatismo, la Luna madurada se corresponde con un estado de contacto interno, relajación y consentimiento base para que puedan desplegarse funciones de carácter más evolutivo como la que significan planetas como Venus (apertura y gozo) o Júpiter (expansión y sentido).

Dos de las herramientas más sencillas de las que disponemos para experimentar el puente del mecanismo regresivo a la función materna son, sin duda, el espacio y la cura de la repetición.

Con espacio me refiero no solo a nuestra habilidad para atestiguar nuestros mecanismos sin quedar íntegramente tomadxs por ellos, actividad a la que se vuelca nuestro testigo interior; sino, también, a la sensación corporal de espaciosidad propia de la relajación.

Y con la cura de la repetición me refiero, por otro lado, a la toma de consciencia que nace de mantener nuestra atención alineada una y otra vez con el mismo fenómeno, circunstancia o pasaje, tal como ocurre en la meditación cuando persistimos en nuestra respiración o en ciertas técnicas de psicoterapia corporal cuando focalizamos la atención en una sensación específica, hasta que la propia experiencia posibilita ir de lo concreto a lo global y de la experiencia limitada a la dinámica integral.

¿Se comprende ahora la insistencia de cultivar la relación directa en la práctica astrológica?

¿Cómo la sensibilización cotidiana a las dinámicas ecológicas y planetarias está en la base de nuestra sensación de pertenencia y en la posibilidad de vivir un espacio de libertad dentro de nuestros mecanismos?

¿Puede la misma repetición que vigoriza el mecanismo regresivo crear el espacio que resta fuerza al mecanismo? ¿Podemos, a través de la insistencia de la mirada de nuestrx testigo interior, con apoyo en la relación directa, acceder a la cura de la repetición?

 

El retorno lunar mensual: los pasos

“La libertad es una habilidad psicocinética, es un proceso, no un estado; es un movimiento, no una forma de gobierno.” (Hakin Bey, Temporary Autonomous Zone)

A continuación, sintetizo los pasos de la práctica que hoy nos convoca que es, si me permiten, una provocación a poner el cuerpo a los interrogantes que levantamos anteriormente:

1. Agendar el retorno.

El primer paso es, como la ritualística previa al encuentro amoroso, una preparatoria: nos acercamos a nuestro mapa natal, observamos el grado exacto en el que estaba la Luna en el momento en el que nacimos y reservamos ese grado en la memoria.

Vamos, con sana curiosidad –ese aspecto de la lógica erótica que nos mueve al religareal reencuentro con el Misterio, con el Origen o con la Muerte, como se prefiera– a las efemérides y exploramos qué días en los próximos meses la Luna en tránsito alcanzará el mismo grado matemático de nuestra Luna natal. Nos apoyamos en este contacto porque la Luna en tránsito da sustancia al planeta que toca (en este caso, nuestra Luna natal), posibilitando un registro somático de la función de la que ese tal planeta es significador. Mi recomendación es agendar, como mínimo, una estación, es decir, el día al mes en el que se produce este contacto Luna-Luna durante todo un trimestre. Tres meses, tres contactos y, por lo tanto, tres días que agendar.

2. Nutrir la relación directa.

El segundo paso es cuidar la intención que guía nuestra mirada y destrabar la tensión que a veces obstaculiza nuestra atención; solo estamos abriéndonos a la relación directa: a familiarizarnos con el movimiento astronómico de la Luna a medida que crece y a medida que mengua, a reconocer el punto del firmamento en el que se produce el contacto mensual con nuestra Luna natal, a dejarnos caer a lo que emerge en nuestro soma ese día (lo que sentimos, lo que nos ocupa, lo que se detona), etc.

3. Alzar las buenas preguntas.

El día en el que sucede el retorno lunar, alzamos preguntas como las que siguen y nos dejamos descansar simplemente sobre ellas, ajenxs al objetivo de resolver una respuesta, cercanxs a lo que, sin esfuerzo, nuestra intimidad revela.

  • ¿Registro alguna sensación familiar que vinculo a mis tendencias emocionales?
  • ¿Siento comodidad o incomodidad? ¿Experimento alguna situación desafiante?
  • ¿Qué sensaciones corporales y emociones concretas están presentes?
  • ¿Entro en contacto con nuevos recursos?
  • Si habito un estado que reconozco como familiar, ¿soy tomadx por él o puedo sentir el suficiente espacio interno como para atestiguarlo?
  • ¿Qué ocurre cuando me vuelvo testigo de lo que me atraviesa?
  • ¿Puedo registrar si mis respuestas durante este día son coherentes con la situación actual o si hay cierta incoherencia, como si estuviera respondiendo a estímulos diferentes de los que presenta el campo?
  • ¿Qué ocurre cuando, repetidamente, atiendo mi retorno lunar mensual?
  • ¿Qué espacio se abre? ¿Qué se madura?

 

La libertad

El espacio que nos libera del mecanismo no es el espacio que elimina el mecanismo, sino el que, sencillamente, puede atestiguarlo: el espacio sensible al mecanismo.

Concluyo con esta aseveración como una invitación a caernos abruptamente del paradigma del productivismo, de la insuficiencia y del perfeccionamiento continuo. Tal vez, a medida que nos comprometamos con prácticas de este tipo, tan sencillas y cíclicas, podamos ir desnudándonos del esfuerzo para descubrir que las vías de retorno hacia nuestro Centro (hacia el corazón irradiante de lo que somos) están, en realidad, íntimamente conectadas con el descanso, la confianza, el gozo y la curiosidad. Confío en que, con base en estos recursos, podamos también descubrir la libertad como una experiencia íntima, nacida del contacto real y del compromiso con la entraña; y la soberanía orgánica como el pilar desde el que co-crear, madurar y compartirnos.

 

* Este artículo fue publicado en el Nº13 de la Revista Stellium, Alumbramiento, que puedes descargar en la página oficial de la revista aquí.

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